conocimiento mariposa
El día a día en sociedad lo realizamos con otros, personas que aparecen, actúan, trabajan y, siempre, de un modo u otro, intervienen en nuestro espacio. Mas allá de la relación funcional concreta que materializa el contacto, cada persona recude en su expresión sentimientos, sensaciones, actitudes y saber. En el vuelo vital que cada uno desarrolla están encerradas oportunidades de aprender otro conocimiento de nuestra profesión y nuestra realidad. Si sabemos escuchar las condiciones que se comunican estaremos en la senda amigable.
Siguiendo el rastro de esas vivencias encontraríamos al maestro que, en un espacio íntimo como sólo puede ser la escuela, dedica su afán al niño que se esmera en su tarea estudiantil. El oficio del maestro alentó el vuelo del conocimiento en las primeras edades, cuando nos enseñó a mirar.
Cuando, ejerciendo de adultos, en nuestra profesión, en el desarrollo perito de nuestro afán, queremos crear esos momentos de aprendizaje, nos encontramos ante la paradoja de hablar de algo que no podemos reproducir desde fuera, que no podemos vivir sin actividad, que no surge espontáneamente, que no existe si no se busca, que se altera al evocarlo.
Perseguimos el vuelo de un conocimiento mariposa: no sabemos cuando va a aparecer, desconocemos donde va a reposar, ignoramos cuánto podremos observarlo, no podemos prolongar su espacio. Solo apurando el momento conseguiremos encontrar, observar, estudiar, caminar, en fin, aprender que vivimos.
Ese impulso de aprender es el aroma que exhalamos con nuestra vida escolar, en aquel entorno que sólo los niños y su maestro conocen en verdad; el vuelo que años después, nosotros, los adultos, perseguimos en los días que despedimos.
Conocimiento mariposa, fragmento del capítulo de Carbayón en rojo
© Luis E. García-Riestra
© Fotografía de Arturo Joaquín


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