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Lo habitual entonces era que acogieras y acompañaras amablemente al funcionario o técnico visitante de aquella comunidad con la que mantenías contacto profesional en nombre de la que tú representabas; al fin, no hacías sino corresponder al trato recibido antes, cuando a ti te había tocado ser el viajero atendido. Así, una vez acabada la jornada de trabajo, lo invitarías a cenar, llevarías al colega a conocer en la ciudad los lugares de interés para un forastero amigo, y finalmente habrías de acompañarlo al hotel de su pernocta. Jordi era el responsable de un importante programa de innovación tecnológica y educativa en aquella por entonces prestigiosa Cataluña y al que me correspondió recibir en Oviedo a principios de siglo. Con su apoyo desarrollamos durante un par de días en nuestro servicio un seminario sobre estrategias para su implantación a escala regional. Terminada la última jornada, él tenía vuelo al mediodía siguiente; quedamos pues al anochecer y fuimos a cenar juntos, él y y...

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