aldea de cumbres
Mi nuevo destino era una escuela rural enclavada en el macizo oriental de los Picos de Europa, en una aldea de pastores a la que se llegaba por una larga y empinada pista que era más cauce que camino. Reunía la impar clase a un solo maestro con sus niños y niñas de la EGB ochentera, más los párvulos sueltos sin pupitre. La escuela unitaria daba a aquella veintena escasa de niños toda la educación básica y formal que les vería en el oficio milenario de sus padres; y el maestro recibía atónito de ellos los saberes ancestrales que habían construido aquel paisaje. El pueblo diminuto, donde algunas casas nuevas habían ya reemplazado a las viviendas primigenias, quiere sedentarios a estos vecinos empeñados en vivir en su terruño; sostenidos en el ganado autóctono de vacas, ovejas y cabras que pasta en las majadas, en pequeños rebaños que se dispersan por el día entre los montes y que cada pastor sitúa y reconoce por el sonido de sus cencerros, único a los oídos de su dueño...










