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El tiempo hacía un alto los días de cine, donde la pantalla valiente no sabía mentirnos. A la sombra de sus luces todos éramos felices en las dos horas de miradas. Y mirando juntos, vivíamos el cine de uno en uno. Aquellas proyecciones nocturnas por semana reunían al peculiar grupo de cinéfilos habituales del Ayala y el Aramo, algún estudiante universitario que hacia un hueco en sus apuntes, unas independientes cuarentonas sonrientes y seguras, la pareja de hosteleros que hacían pausa y se ausentaban ese rato antes de hacer caja, dos arquitectos de la noche, y un grupo de periodistas del seminal núcleo de la prensa de Oviedo, que hacían un descanso previo a volver a la redacción para cerrar la jornada. No nos hablábamos seguido pero nos conocíamos todos, al fin veríamos juntos la programación mensual de estas dos salas.      A mí me gustaba más ver cine en el Aramo, un espacio de sonido perfecto y proyección nítida en aquella sala de elegante aire cosmopolita. Pero el qu...

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