detenciones
El cañón del revólver Llama, calibre 38 especial pavonado negro, del comisario de policía se sentía frío contra mi sien y marcaba en su boca los latidos de mi corazón. Mirada a cinco centímetros de mi ojo miope, parecía de juguete; era la primera vez que veía un arma real y no imaginé que iba a tenerla tan cerca, pegada a mi cara cuando asistía en primera persona del singular al interrogatorio impaciente del mando de la brigada político social de Oviedo. El tambor de seis balas del arma reglamentaria del aguerrido inspector, situado tan cerca de mi ojo derecho, dejaba ver nítidamente dos recámaras que asomaban los proyectiles alojados. Sus puntas eran de un agrisado sucio y no parecían peligrosas; en ese momento pensé que eran iguales a las del cargador de plástico de los juguetes de guerra de mi infancia. Estaba en mi primera tarde de calabozo y despacho, despacho y calabozo, esposas quitadas, esposas puestas; detenido en la comisaría de la capital tras ser capturado por unos guardi...










