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Calle abajo

     Calle abajo Mi calle asomaba en verde a sus ventanas. La vieja ciudad rompía los muros matorrales y corría horizonte abajo. En su estela las nuevas familias ocupaban los campos de pisos en orden y ladrillo visto, donde los prados descubiertos se volvían solares de mortero. Haciendo cien pasos, la calle acerada trocaba en camino y llevaba nuestros juegos a oscuras casucas que morían de barro y hortalizas. De charco en charco, llegabas a la pequeña escuela varada en el suburbio, donde el maestro rural se había borrado contando historias ejemplares a los tiernos ciudadanos; empeñado su esfuerzo en letra inglesa y tinta china, para perder la clase cuando los niños blandíamos el bolígrafo bic que nunca hacía borrones y siempre iba donde su dueño quería el trazo que leía.       Los días eran nuestro tiempo. Cruzando a los pares, dejábamos la ciudad intentada y explorábamos el país troceado de maizales, escondite salvaje para la imbatible pandilla, apiso...

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