miradas
Nunca podrás repetir las primeras miradas, difícil olvidarlas. Aquella mañana, en el cuartucho de banquetas de la señorita Chelo, donde ella nos daba mi primera clase particular, olía a cocido en olla y pronto a miedo, cuando la doméstica profesora riñó a voces a mi amigo Joaquinito por no hacer bien la muestra de palotes. El miedo se hizo terror mudo cuando, al final de la clase mañanera, la vi poner en la cabeza de aquel niño unas orejas largas de cartón negro, obligando a sus pupilos a gritar ¡burro, más que burro! Los siguientes días en la clase se hicieron de silencio, solo interrumpido por las correcciones secas de la amateur maestra; acometía sin palabras los renglones de mi libreta de pauta ancha y llegué a trazar las vocales, perdidas renglón arriba agarrado yo al lapicero en el recelo. Al final de otra jornada escribiendo torcido en mi libreta azul cielo, volví a casa mojado y tuve que contar el orejudo evento. Esa soez imagen de los párvulos desfilando a la salida con Joaqui...










