detenciones

El cañón del revólver Llama, calibre 38 especial pavonado negro, del comisario de policía se sentía frío contra mi sien y marcaba en su boca los latidos de mi corazón. Mirada a cinco centímetros de mi ojo miope, parecía de juguete; era la primera vez que veía un arma real y no imaginé que iba a tenerla tan cerca, pegada a mi cara cuando asistía en primera persona del singular al interrogatorio impaciente del mando de la brigada político social de Oviedo. El tambor de seis balas del arma reglamentaria del aguerrido inspector, situado tan cerca de mi ojo derecho, dejaba ver nítidamente dos recámaras que asomaban los proyectiles alojados. Sus puntas eran de un agrisado sucio y no parecían peligrosas; en ese momento pensé que eran iguales a las del cargador de plástico de los juguetes de guerra de mi infancia.

Estaba en mi primera tarde de calabozo y despacho, despacho y calabozo, esposas quitadas, esposas puestas; detenido en la comisaría de la capital tras ser capturado por unos guardias camuflados en una desigual pelea callejera, durante aquella acción de propaganda escrita contra la dictadura. Era una mañana tranquila de domingo en mi ciudad de provincias, a mediados de los años setenta, la que los tres amigos habíamos elegido en nuestra euforia de lucha antifranquista; al mediodía caímos dos de los tres estudiantes, el tercero logró escapar y sobre él y el partido giraban en comisaría las animadas conversaciones de aquella tarde y las cuarenta horas siguientes.

En los interrogatorios se negaba lo evidente, que las pegatinas no son mías, que no sé de qué tercero hablan. Negábamos militar en el partido, nombrándonos el comisario y los golpeadores oficiales a profesores y amigos que sí eran del partido, son mis profesores y solo son mis amigos. El calabozo era húmedo e infecto, su letrina apestaba a vomitona y amoniaco; en el camastro de la arruinada celda quedaba la mente en blanco y la boca seca, hasta la subida siguiente al despacho policiaco. El tercer día ya sabían quiénes éramos y qué no éramos, el rector había llamado al comisario y mi padre había traído sacos de dormir y bocadillos que nos metieron en la celda. Entonces cambiaron los modales. Firmamos el acta declarada y el tercer amigo libró, pues no cantamos. Firmaron la instrucción en el juzgado y nos ingresaron procesados, era ilegal la propaganda a nosotros incautada.

Al entrar en el centro carcelario, una estrella de pabellones gigantescos, vencejos y gorriones volaban bajo el lucernario abierto de sus techos, y el sol iluminaba el largo pasillo cinco de las celdas. Los sacos de dormir y las mochilas que portábamos callados parecían anunciar un campamento de verano comenzado por aquellos estudiantes.


Detenciones

    La encontró rebuscando entre las cosas olvidadas. La imprentilla de los juegos infantiles serviría. Su amigo puso el lugar discreto donde escribir las ilusiones prohibidas. La pequeña galera se llenaba de letreros blandos que anunciaban libertades. El tampón tintado de aquella oscura oficina dio colores al texto cartesiano. La cinta engomada para embalajes fue alumbrando cientos de cartelitos ingenuos que pedían elecciones libres, cortes constituyentes, libertad de reunión; extraños objetos de deseo de la juventud de aquellos años grises. Excitados por el alijo de proclamas ilegales salieron a las calles del verano endomingado. Los escaparates solitarios marcaron la estela contagiosa de bondades que no resistían la historia detenida. Un paso a otro aseguraba de quehaceres a los noveles renegados. Cada escueto lema pegado a su ciudad confirmaba de urgencias la vida distraída.

La patada quemó rabadilla adentro y el manotazo en la nuca lanzó la frente a la pared ahumada del cuartón de entrada a comisaría. Las horas siguientes dolieron su espinazo en una secuencia exacta, solo interrumpida por las entrevistas salvajes con el policía cabreado por su tarde de mus estropeada con aquellos señoritos de universidad que empapelaron de pegatinas liberales las calles cercanas al cuartel. Las charlas se alegraban  cuando los colegas de la brigada político social se sumaban a provocar a los chavales amagando un disparo al sobarles la cara con acero. La comunión de setenta y dos horas acabará, como sabemos, en una celda de la cárcel modelo, en prisión provisionada a cuenta aquel tribunal albacea del régimen que fenecía...Y la justicia puso una venda de miedo sobre su rostro humano.


Detenciones, relato del  libro Carbayón en rojo
© Luis E. García-Riestra
© Fotografía de Arturo Joaquín

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